(CASTELLANO)
A veces una película consigue algo más difícil que contar una buena historia: cambiar, durante un par de horas, la forma en que miras el mundo. Esta lo hace. Wim Wenders observa a un hombre cuya vida, vista desde fuera, podría parecer limitada, repetitiva o incluso poco deseable, y consigue convertirla en una reflexión luminosa sobre la dignidad, la rutina, la memoria y la posibilidad de estar en paz con uno mismo.
Kōji Yakusho está extraordinario como Hirayama. Casi todo lo importante ocurre en su manera de mirar, de sonreír, de escuchar y de relacionarse con las pequeñas cosas. Su trabajo limpiando aseos públicos podría ser presentado como algo ingrato, pero la película evita por completo la condescendencia. Él lo hace con cuidado, precisión y orgullo, como si cada gesto tuviera valor por sí mismo aunque nadie vaya a felicitarle.
Ahí está una de las ideas que más me han llegado: la felicidad no depende necesariamente del prestigio, del dinero o de tener una vida espectacular. Hirayama encuentra placer en la música, los libros, los árboles, la luz, las fotografías y los rituales cotidianos. No parece estar esperando que la vida empiece; está viviendo ya dentro de esos pequeños momentos.
Lo admirable es que su calma no nace de la ingenuidad. La película deja entrever que detrás de esa serenidad existen heridas, distancias y recuerdos que no han desaparecido. Eso hace al personaje mucho más humano. No estamos ante un santo zen que ha eliminado el dolor, sino ante alguien que ha aprendido a convivir con él sin permitir que lo ocupe todo.
También me parece preciosa su relación con los demás. Hirayama no exige agradecimiento, reconocimiento ni reciprocidad constante. Ayuda, escucha, comparte y sigue adelante. Esa forma de estar en el mundo puede parecer casi radical en una época obsesionada con la respuesta inmediata, la validación y la necesidad de convertir cada gesto en algo visible.
Tokio está filmada con una sensibilidad maravillosa. Wenders no busca únicamente la gran ciudad futurista o deslumbrante, sino rincones, trayectos, baños, parques, calles y espacios comunes. La enormidad de Tokio convive con una existencia diminuta y ordenada, y ese contraste termina haciendo que la ciudad parezca íntima.
La música es fundamental. Lou Reed, The Velvet Underground, Patti Smith, Otis Redding, The Kinks o Van Morrison no aparecen como adornos cool, sino como parte de la identidad del personaje. Las canciones actúan como lo hacen en nuestra propia vida: abren recuerdos, conectan épocas y convierten un trayecto cualquiera en algo emocionalmente irrepetible. Pocas películas recientes han entendido tan bien que escuchar una canción también es una forma de recordar quién has sido.
El uso de las fotografías, los libros y los objetos analógicos refuerza esa sensación. Hirayama presta atención. Mira un árbol, conserva una imagen, escucha una cinta, vuelve a una página. Frente a un mundo cada vez más rápido y ruidoso, su vida parece construida alrededor del acto de detenerse.
Perfect Days no idealiza completamente esa existencia. Hay soledad, cansancio, heridas familiares y momentos en los que la rutina se altera. Precisamente por eso funciona. La paz de Hirayama no consiste en que nunca le ocurra nada malo, sino en que ha encontrado una manera de seguir reconociendo la belleza incluso cuando la vida pesa.
Wenders filma todo esto sin necesidad de convertirlo en una lección explícita. La película es pausada, repetitiva a propósito y profundamente observacional, pero esa repetición nunca me resultó vacía. Cada variación mínima modifica la percepción del personaje y va acumulando una emoción difícil de explicar hasta que uno comprende que ha estado mirando una vida entera a través de gestos aparentemente insignificantes.
Me ha emocionado muchísimo porque propone algo que parece sencillo y quizá sea de las cosas más difíciles que existen: aprender a estar en el mundo sin dejar que todo lo que duele destruya también aquello que todavía puede hacernos felices. No habla de una vida perfecta. Habla de encontrar días perfectos dentro de una vida imperfecta.
Y ahí está su grandeza. La película no me ha hecho querer tener la vida de Hirayama; me ha hecho querer aprender a mirar como él. Encontrar valor en una canción, en un árbol, en una fotografía, en una comida sencilla, en un trayecto conocido. Seguir sonriendo sin negar la tristeza. Seguir viviendo sin necesidad de convertir cada día en algo extraordinario.
Una obra delicada, profundamente humana y de una belleza enorme. De esas películas que terminan y, durante un rato, hacen que uno mire de otra manera los árboles, las calles, la gente y hasta su propia vida.
(ENGLISH)
Sometimes a film achieves something harder than telling a good story: for a couple of hours, it changes the way you look at the world. This one does. Wim Wenders observes a man whose life, from the outside, might seem limited, repetitive or even undesirable, and turns it into a luminous reflection on dignity, routine, memory and the possibility of being at peace with oneself.
Kōji Yakusho is extraordinary as Hirayama. Almost everything important happens in the way he looks, smiles, listens and relates to small things. His job cleaning public toilets could easily have been presented as thankless, but the film completely avoids condescension. He works with care, precision and pride, as if every gesture had value in itself even if nobody is ever going to congratulate him.
That is one of the ideas that affected me most: happiness does not necessarily depend on prestige, money or having a spectacular life. Hirayama finds pleasure in music, books, trees, light, photographs and everyday rituals. He does not seem to be waiting for life to begin; he is already living inside those small moments.
What makes his calm so compelling is that it does not come from naivety. The film gradually suggests that behind his serenity are wounds, distances and memories that have not disappeared. That makes him far more human. He is not a Zen saint who has eliminated pain, but someone who has learned to live with it without allowing it to occupy everything.
His relationship with other people is beautiful too. Hirayama does not demand gratitude, recognition or constant reciprocity. He helps, listens, shares and moves on. That way of being in the world can feel almost radical in an age obsessed with immediate responses, validation and the need to make every gesture visible.
Tokyo is filmed with wonderful sensitivity. Wenders is not interested only in the dazzling or futuristic metropolis, but in corners, journeys, toilets, parks, streets and shared spaces. The enormity of Tokyo coexists with a small, orderly life, and that contrast gradually makes the city feel intimate.
Music is essential. Lou Reed, The Velvet Underground, Patti Smith, Otis Redding, The Kinks and Van Morrison are not used as cool decoration but as part of the character's identity. The songs work the way they do in our own lives: opening memories, connecting different periods and turning an ordinary drive into something emotionally unique. Few recent films have understood so well that listening to a song is also a way of remembering who you have been.
The use of photographs, books and analogue objects strengthens that feeling. Hirayama pays attention. He looks at a tree, keeps an image, listens to a cassette, returns to a page. Against an increasingly fast and noisy world, his life seems built around the act of stopping.
Perfect Days does not completely idealize that existence. There is loneliness, exhaustion, family pain and moments when routine is disturbed. That is precisely why it works. Hirayama's peace does not come from nothing bad ever happening to him, but from having found a way to keep recognizing beauty even when life becomes heavy.
Wenders films all this without turning it into an explicit lesson. The film is slow, deliberately repetitive and deeply observational, but that repetition never felt empty to me. Every tiny variation changes our perception of the character and accumulates an emotion that is difficult to explain until you realize you have been watching an entire life through apparently insignificant gestures.
It moved me deeply because it proposes something that sounds simple and may be one of the hardest things there is: learning how to exist in the world without allowing everything that hurts to destroy everything that can still make us happy. It is not about a perfect life. It is about finding perfect days inside an imperfect one.
That is where its greatness lies. The film did not make me want Hirayama's life; it made me want to learn how to look at life as he does. To find value in a song, a tree, a photograph, a simple meal, a familiar journey. To keep smiling without denying sadness. To keep living without needing every day to become extraordinary.
A delicate, profoundly human and enormously beautiful work. The kind of film that ends and, for a while, makes you look differently at trees, streets, other people and even your own life.